Cuando se firmó con las FARC, el ELN todavía estaba allí

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Hace varios años, cuando empezaron los primeros acercamientos entre el gobierno y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), las cámaras y los micrófonos miraban a La Habana, al proceso con las FARC. Recuerdo que en 2014, visitando como periodista e investigador una zona del Frente de Guerra Oriental del ELN, uno de sus comandantes me resumió su postura frente al proceso de paz entre el Gobierno y las Farc-ep diciendo: “Me importa un carajo”. Diez meses después, el mismo comandante me decía: “Esa vaina hay que tomarla muy en serio”. Es decir, contrario a lo que la mayoría opina, yo sí creo que el ELN era consciente del momento político, pero no por ello estaba de acuerdo con lo que se venía gestando en términos de paz.

En esa época se dieron los pocos encuentros preliminares, de los cuales me gustaría destacar dos cosas: La promesa de que el proceso con las Farc-ep sería en paralelo, que el Gobierno no cumplió; y las largas esperas entre una y otra cita. Me decía Antonio García que allí se perdieron quince valiosos meses que, como también reconocía un delegado del Gobierno, después hicieron mucha falta. Para el ELN esas demoras eran parte de la lógica de “negociar con el más grande”, esperando que la ley de arrastre empujara al ELN hacia la Mesa. Un trato de “hermano menor” que siempre lo molestó.

«El problema es que muchos cometían el error de verla como un documento final de un proceso, y no simplemente como un marco para empezar a hablar, un punto de partida. Eso era el reflejo de algo que acompañó todo el proceso: la falta de imaginación política.»

Los meses previos al anuncio de la agenda (marzo de 2016) estuvieron llenos de incertidumbres. Los canales de información no funcionaban de la mejor manera, pero sí había voluntad política de negociar, aunque el demonio está en la letra pequeña. La ausencia de un canal directo entre Santos y Gabino fue una gran falla.

La agenda, anunciada en marzo de 2016 en Caracas, fue un logro pero no por ello estuvo ausente de enemigos: En ambos lados se criticó su alcance, y en la sociedad algunos lo plantearon como una declaración etérea. Para el ELN fue un gran avance porque lograron arrancarle al gobierno el paquete de “transformaciones esenciales para la paz” cuyo contenido debería definirse en el curso de las negociaciones. Yo creo que el problema es que muchos cometían el error de verla como un documento final de un proceso, y no simplemente como un marco para empezar a hablar, un punto de partida. Eso era el reflejo de algo que acompañó todo el proceso: la falta de imaginación política.

La agenda aprobada no fue del agrado del presidente Santos, quien volvió sobre el tema del secuestro. Creo que Santos quería mostrar resultados a corto plazo. Y el ELN, en un acto de soberbia, hizo del secuestro un asunto de principios y no de métodos. El secuestro no se puede justificar de manera política, ética ni económica. Pero primaron más pulsiones atávicas que realidades políticas. Eso trabó la Mesa durante casi un año. En los círculos del Gobierno los avances con las Farc-ep le permitían aplazar el proceso con el ELN. Además, querían algo fácil, partiendo de que éste era más pequeño.

Hubo otro problema: acuerdos en dos niveles, lo firmado, y lo verbal, aquello que las partes preferían dejar en palabras para no comprometerse en el papel. De esto hay varios ejemplos, como el de quiénes deberían ser liberados para dar paso por fin a la instalación de la Mesa, planeada para octubre de 2016; pero si los acuerdos escritos están abiertos a todo tipo de interpretaciones, los verbales aún más. Claro que eso es un mecanismo para destrabar el proceso, pero a la larga termina pasando la factura: dos versiones de un acuerdo no pueden sobrevivir por mucho tiempo sin dar paso al choque de interpretaciones.

«La Delegación ante la Mesa era potestad de cada parte pero el gobierno seguía insistiendo en que hubiera representación de todos los frentes, un trato que no tuvieron las Farc-ep. Lo que pasa es que la idea de un ELN fragmentado sigue siendo parte de la narrativa oficial y del imaginario social, la cual no comparto. Incluso, en la fase preliminar, hubo emisarios del gobierno que buscaron negociar frente por frente.»

La Delegación ante la Mesa era potestad de cada parte pero el gobierno seguía insistiendo en que hubiera representación de todos los frentes, un trato que no tuvieron las Farc-ep. Lo que pasa es que la idea de un ELN fragmentado sigue siendo parte de la narrativa oficial y del imaginario social, la cual no comparto. Incluso, en la fase preliminar, hubo emisarios del gobierno que buscaron negociar frente por frente.

El debate sobre excarcelaciones de miembros del ELN avanzó, pero cayó en un gran error: confundir lo táctico con lo estratégico; la paz no se hacía para amnistiar algunos guerrilleros sino para abrir un nuevo escenario político en el país. El peligroso culto al “derecho a la rebelión” se volvió un palo en la rueda, un afán por darle dimensión jurídica a la paz, error que tuvo un alto costo político para las Farc-ep.

Finalmente la Mesa se instaló en Quito en febrero de 2017. En las dos delegaciones había real interés de avanzar, pero eran eso: delegaciones. Es decir debían consultar. El gobierno no entendió que la Delegación del ELN no podía tomar decisiones porque no era el Comando Central. Por lo mismo debería entender que parte de la metodología implica un mecanismo de consultas presenciales al ELN en Colombia, lo que los aleja del modelo Farc-ep de negociación.

La fórmula salvadora para avanzar en Quito era dividir el punto de partida: ya no se empezaría solo por el punto 1-A sobre participación política, sino a la par con el 5-F, acciones humanitarias que en este caso tenían un nombre implícito: fin del secuestro. Aunque hubo otros temas, el ELN seguía atrapado en su lógica de hacer del secuestro un debate esencial. Esta fórmula bicéfala no fue aprovechada por el ELN, pero sí por el gobierno, al punto que trató siempre de supeditar el 1-A al 5-F.

«Aunque la invitación preguntaba por el cómo podría participar la sociedad, las intervenciones se centraron en el qué, en los puntos sustantivos. Eso era entendible porque espacios de esos son muy raros y la gente quería aprovechar la oportunidad para repetir su lista de asuntos pendientes. Al gobierno no le fue bien pero al ELN tampoco. Fue un diálogo directo del que las dos partes pudieran haber aprendido más de lo que parece que aprendieron.»

Los primeros meses se dedicaron como era de esperarse a un debate más ideológico que técnico, pero fueron incapaces de pasar a propuestas concretas; se estancaron en la retórica. Incluso, el nivel de improvisación del gobierno fue tan alto que al final del primer año no se tenía ningún documento firmado aparte de comunicados de prensa y un par de acuerdos procedimentales. Una negociación que no va escribiendo avances, muestra retrocesos.

La idea del ELN desde la fase preliminar era lograr un diálogo en medio de un cese bilateral. Eso me decía Nicolás Rodríguez Bautista. Parecía un sueño lejano, pero curiosamente se fue concretando hasta que fue decretado para empezar el 1 de octubre de 2017, lo que constituyó el mayor avance de la Mesa junto con algunos pasos sobre el posible modelo de participación.

El país no es consciente que entre el 1 y el 6 de octubre, cuando entró en vigencia el mecanismo de supervisión de la ONU, el cese bilateral funcionó sin supervisores ni incidentes. La orden dada por Nicolás Rodríguez Bautista no solo era clara y contundente, sino que fue acogida por todo el ELN, lo que ratifica la unidad interna a pesar de las tensiones que tienen.

A la par se plantearon en las afueras de Bogotá una serie de reuniones entre las dos partes de la Mesa y delegados de la sociedad, en las cuales fue especial el tono de interlocución. Aunque la invitación preguntaba por el cómo podría participar la sociedad, las intervenciones se centraron en el qué, en los puntos sustantivos. Eso era entendible porque espacios de esos son muy raros y la gente quería aprovechar la oportunidad para repetir su lista de asuntos pendientes. Al gobierno no le fue bien pero al ELN tampoco. Fue un diálogo directo del que las dos partes pudieran haber aprendido más de lo que parece que aprendieron.

El censo de presos fue otra tarea acordada que evidenció las pésimas condiciones carcelarias. Allí el ELN trató de proponer unas medidas para beneficio de todos los presos, pero finalmente se impuso la noción de unas medidas específicas que tampoco avanzaron. Al final solo quedó un censo de más de 700 presos elenos, algunos de los cuales fueron reprimidos violentamente pocas semanas después de la elaboración del censo.

Una parte de la delegación del ELN estuvo en Bogotá como parte del mecanismo de supervisión del cese bilateral en curso, pero el gobierno empezó a desmontar de la lista de hechos cometidos por autoridades oficiales, para ser materia de supervisión; es decir, ésta apuntaba a lo que hiciera el ELN, lo cual llevó a la ruptura del mecanismo. En diciembre de 2017, a pocos días del fin del cese, en un pleno de la Dirección Nacional del ELN, se impuso la tesis de que el gobierno no iba en serio, que la Mesa estaba estancada y que el cese no debería prolongarse.

Del lado del gobierno hubo un cambio sustancial del equipo negociador, llegaron nuevas voces y aumentó la esperanza en que ahora sí la Mesa avanzaría. El 9 de enero de 2018, era el día clave. El mensaje del ELN de diciembre era muy ambiguo y bien podía ser interpretado como un mensaje a favor de continuar la tregua, o lo contrario.

La nueva delegación del gobierno ya iba camino a la Mesa, en Quito, para su primera reunión con el ELN, cuando se les comunicó, desde Palacio que los diálogos se suspendían. El ELN no calculó que el cese al fuego bilateral era más importante de lo pensado, y el gobierno cometió el error de atar el cese a la continuación del diálogo. A nivel mediático los dos perdieron porque ante un país que no lee los detalles sino los titulares, la idea que quedó en el aire es que esa Mesa iba camino al fracaso.

La bomba contra una estación de policía en Barranquilla sumó más desazón. La delegación en Quito pensó incluso que no era responsabilidad del ELN. Esto no demuestra divisiones internas sino algo que es obvio: la delegación no es el Comando Central y su tarea era solo negociar; por tanto tratar de buscar responsabilidades penales del equipo negociador es perverso. Pero el ELN siguió sin leer de manera adecuada la reacción de la sociedad frente a ese ataque.

Luego, en marzo de 2018, cuando ya iban dos meses de suspensión de la Mesa, hubo una suma de esfuerzos desde Palacio y desde Quito para reabrirla. En esa ocasión tuve una larga y fructífera reunión con el presidente Santos y finalmente logramos que el proceso reiniciara con el nuevo equipo gubernamental. Pero ya se había perdido tiempo y el desgaste ante la opinión pública era grande. Al tiempo, se dio el proceso electoral que afectó la Mesa. Luego del triunfo de Iván Duque la Delegación del gobierno adoptó posiciones “más uribistas”.

Un último esfuerzo, donde la iglesia católica y la comunidad internacional ayudaron (como en muchos otros momentos) permitió contar con un borrador de un nuevo cese al fuego, pero ya estábamos en los últimos días del gobierno de Santos y finalmente se impuso la lógica de dejar que el nuevo gobierno decidiera. Y el nuevo gobierno decidió no hacer nada.

Bajo el gobierno de Duque ha habido más canales privados y propuestas sin respuestas que cualquier otra cosa. El ELN por fin fue audaz –tarde, la verdad-, y liberó retenidos en Arauca y Chocó con la promesa hecha por el gobierno de que esos gestos permitirían reactivar el diálogo, pero nada fue suficiente. Cubrí, como periodista, las liberaciones de Chocó, incluyendo una larga entrevista con los comandantes del ELN del Frente de Guerra Occidental. Hoy puedo decir que, como en muchos casos, es más lo que se sospecha que lo que de verdad se sabe del ELN, dentro del cual se impuso el desgano por la negociación, al tiempo que el gobierno de Duque insistía en demandas cada vez más complejas, sabiendo que eso no podría ser cumplido por el ELN, consiguiendo así que se frenara la apertura de la Mesa. Ese juego perverso de crear expectativas para luego negarlas, amenazar con evaluar el proceso para no reformularlo, pedir ayuda de la comunidad internacional para luego patear los protocolos firmados ante una eventual ruptura de la Mesa, conforman la carta de dilación que ha primado en el gobierno, al punto que es casi imposible pensar en un proceso de paz mientras Duque sea presidente.

De parte del ELN, donde se mantiene la unidad y la obediencia a sus estructuras de dirección, se impuso la tesis de continuar en la lucha armada. Los nuevos territorios ganados en parte por la desmovilización de las Farc-ep, más recursos económicos y la recomposición de algunas de sus estructuras, pero sobre todo la ausencia total de resultados aunque fueran parciales y limitados de estos años de negociación, dieron el espacio político para continuar en la guerra.

Pero el ELN no leyó el momento de auge social contra Duque a pocos meses de su posesión, y cometió el mismo error de Barranquilla y del barrio La Macarena de Bogotá (otro atentado con bomba): creer que una acción violenta iba a cambiar el panorama, y atacó la Escuela de Policía General Santander, en esta última ciudad. El debate en los tres casos siguió centrándose en lo jurídico, si se trataba o no de objetivos militares, olvidando que la paz no es un asunto de tribunales y de abogados, sino ante todo un asunto político. Y olvidando lo que significa un carro-bomba para la sociedad colombiana.

El sistemático incumplimiento del Estado a lo firmado con las Farc-ep aumenta la desazón. Me decía Pablo Beltrán que hace varios años todos le decían al ELN: “haga como las Farc-ep”, pero que a finales de 2018 le decían lo contrario: “no vayan a hacer como las Farc-ep”. Creo que en este proceso hubo demasiadas paranoias, no del todo gratuitas, demasiados esencialismos y dogmatismos de principios. En mi opinión, siempre hubo una sensación de que en cada paso se jugaba el todo por el todo, y por eso cualquier audacia podía ser vista como una debilidad. Sin imaginación la paz entre el gobierno y el ELN no será posible, pero tampoco con la ingenuidad con que algunos esperan.